jueves, 10 de junio de 2010

Portugal

Bueno, después de un buen día en la playa, y nada más y nada menos que en una playa de Portugal, ahora toca un buen comentario sobre la excursión. Y sabiendo que los primeros en comentar ganaran una de las barajas que nos regalaron los portugueses, pues vamos a ello. Aunque no sé si ya quedará alguna baraja.

La jornada comenzó temprano, a decir verdad, demasiado temprano teniendo en cuenta que veníamos de una feria. Aunque no me costó nada levantarme, supongo que serían las ganas de ir a Portugal. Nunca antes había pisado suelo portugués, y estaba bastante emocionado por ir. A las 7 y media de la mañana, ya todos estábamos esperando al autobús, aunque más que autobús, era un híbrido entre autobús y microbús. El viaje se hizo largo, muy largo, aunque en realidad no era tan largo, sólo unas tres horas comparadas con las 7 u 8 que necesitamos para llegar a Navarra.

Entonces, llegamos a aquella especie de parque en el que había gente utilizando una especie de barbacoa al aire libre. Allí, se encontraban nuestros compañeros portugueses esperándonos y mirándonos con caras a la vez extrañadas y a la vez risueñas. Mientras, salíamos del autobús, e íbamos conociendo el terreno a la vez que mirábamos a los portugueses preguntándonos si eran ellos o no. Entonces, empezó la típica presentación, y luego Miguel nos asignó a cada uno de nosotros con nuestros respectivos compañeros. No sé si algunos consiguieron sacarle algunas palabras a sus compañeros en esos primeros instantes, yo lo intenté y fue imposible. Las parejas asignadas duraron poco, muy poco, y en seguida estaban los portugueses por un lado y los españoles por otro. Pero esa situación cambiaría a lo largo del día.

Después de la presentación, nos fuimos todos a la playa, que estaba allí al lado. No hacía muy buen tiempo, pero estaba pasable. Para empezar a establecer contacto, ¿que mejor que un buen partido de fútbol? Portugueses contra españoles. Hubo dos partidos paralelos, el de las chicas y el de los chicos. Total, empezamos a jugar, y como había más españoles, tuve que irme al equipo portugués. Al principio, los españoles empezaron ganando, pero después el equipo portugués consiguió empatar, aunque gracias también a uno de los españoles, o sea, yo, que marqué un gol. Al final, los chicos quedamos empatados y creo que las chicas españolas vapulearon a las portuguesas.

Bueno, después del partidito de fútbol playa, ahora tocaba descansar tirados en la playa y jugando a las cartas. Fue ahí cuando se formaron grupitos mezclados entre portugueses y españoles y cuando empezamos a mantener contacto con ellos. Y algunos, entre ellos yo, nos dimos un chapuzón en las aguas portuguesas. Después del chapuzón me incorporé a uno de los grupos. En el grupo, estaba uno de los portugueses más sociables, uno con el pelo rizado a estilo Bisbal. Con él y unos cuantos más jugamos a varios juegos de cartas. Primero, nos enseñaron a jugar al “pechito”, aunque yo no jugué, porque no lo entendía. Sería mas tarde cuando lo aprendiera, jugando con dos chicas portuguesas, bueno después hablo de ello. Luego jugamos al típico juego que solemos jugar nosotros, no se si decir el nombre del jueguecito… “El Hijo Puta” Y esto llevó a aprender lo primero que se aprende en una lengua, los tacos.

Y así, llegó la hora de comer. Nos fuimos de nuevo al parque, o al merendero, y allí cada uno sacó su comida y algo para compartir con los portugueses. La verdad es que yo no llevé nada para compartir. Sólo, dos bocadillos y unas cuantas latas de refresco. Al sentarnos en las mesas, intentamos sentarnos con algunos portugueses, pero al único que conseguimos fue al del pelo rizado, que se llamaba João, o “Juan”, para los españoles. Así, todos sentados y preparados, pues a zampar. Y más tarde, se nos fue Daniel de nuestra mesa, le solicitaban en otra.

Después de comer, tocaba jugar. Es decir, jugar a la cuerda, o a tirar de ella con toda la fuerza que puedas para demostrar quién es más fuerte. Primero jugamos los chicos portugueses contra los españoles. La cosa estuvo bastante reñida, e incluso, al principio nosotros tirábamos más que ellos. Pero ellos aguantaron el tirón, y cuando nosotros nos cansamos, ellos nos ganaron. Les tocaba ahora el turno a las niñas. Y de nuevo ganaron las españolas, menos mal que están ellas para honrarnos a nosotros, por que si no. Y al final, una partida mixta entre chicas y chicos.

Después del esfuerzo, tocaba ya algo más tranquilo. Jugar a las cartas, pero esta vez, fue algo más organizado. Los españoles nos pusimos en parejas para enfrentarnos a las parejas portuguesas. A Daniel y yo nos tocó jugar contra una pareja de portuguesas muy simpáticas. Al principio jugamos a “La Brisca”, ellas no sabían, así que les enseñamos, aunque luego nos dieron una paliza. Y luego jugamos al famoso juego portugués “el pechito”, esta vez nos lo explicaron ellas, y lo entendí mejor. Y al final, incluso le cojí el tranquillo.

Terminadas las partidas, nos fuimos de nuevo a la playa, pero esta vez hacía un viento y un frío, que no se podía estar allí. Aunque algunos locos incluso se metieron al agua. Y después de comprobar que hacía demasiado viento en la playa, volvimos al merendero. Allí, empezamos a charlar con los portugueses, ya con toda la confianza del mundo. Hablamos de muchos temas, pero lo que más me impresionó fue la conversación que mantuvimos en inglés. Bueno, conversación que mantuvo Mª Gracia con uno de los portugueses, porque los demás mirábamos asombrados la facilidad con la que hablan el inglés estos chavales. Tienen muy buen nivel de inglés, pero no sólo de inglés, sino cualquier idioma. No se si será por el tipo de educación, que tampoco es tan diferente a la nuestra, o por la televisión. Ya que ellos están acostumbrados a ver algunas películas o series en versión original (sin ser traducidas). Pero el caso es que tienen mayor nivel en los idiomas que nosotros.

Y entre tanto, llegó la hora de marcharse. Eran sobre las 5 y media, y había que irse ya para llegar a Medina sobre las 9 o 10. Así que, empezaron las despedidas y las fotos de última hora. Y cuando todos se despidieron, nos montamos en el autobús para volver a casa mientras mirábamos, no sé si por ultima vez, a nuestros compañeros portugueses.

Andrés Collantes Pantoja

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